Víctor Amela: 22 años de entrevistas

Víctor Amela es periodista y escritor. Escribe en la Contra de La Vanguardia y es autor de “Yo pude salvar a Lorca”, un magnífico libro del que se siente especialmente orgulloso. “Quien dijo esta frase tan bonita de Yo pude salvar a Lorca fue mi abuelo, Manuel Bonilla, de Granada”. Así comienza su intervención en la cena debate que protagoniza en Club Còrtum.

Nos habla de periodismo, de lectura, de literatura… De su orgullo de haber escrito una novela que habla sobre su madre, a la que describe en la primera escena, sentada en un cortijo de un barranco de un pueblecito de la Alpujarra de Granada. Una escena que escuchó contar de niño.

Pero Amela vino a explicarnos en qué consiste eso de ser entrevistador, un trabajo al que se viene dedicando desde hace 22 años. Cualquier actividad que se desempeñe durante más de 10.000 horas, te convierte en un virtuoso de esa actividad, sea la que sea. La Contra de La Vanguardia se creó el 13 de enero de 1998, así que el tiempo de realizar y escribir entrevistas debe ir por ahí. Son dos entrevista cada semana de cada una de las tres personas que escriben en esta sección. Sale a unas 2.400 por barba.

La entrevista es el género fundacional del periodismo. Sin entrevista no hay periodismo. Sea una noticia, una crónica o un análisis, si no hay entrevista, si no se habla con las personas indicadas, no hay periodismo. Pero no solo el periodista entrevista, lo hace el médico, lo hace la policía, el abogado. Entrevista cualquier persona que quiere o necesita saber. La diferencia es que el periodista entrevista para explicar cosas. Contar cosas es el trabajo del periodista.

Eso implica que cuando un entrevistado dice algo, no tienes derecho a frustrarte. Porqué a veces vamos con la pretensión de que el entrevistado nos diga aquello que queremos oír. Tampoco es lo mismo una entrevista para un periódico, que una entrevista para la televisión o para la radio.

La anécdota de Jesús Quintero entrevistando a un desconocido José María Aznar hace ya unos cuantos años, puede resultar reveladora. Quintero pidió a su realizador que en la primera pregunta le hiciera un primerísimo primer plano de su cara. La pregunta fue: ¿Don José María, usted de de joven fue punki? Lo que respondió no fueron las palabras de Aznar, fue la expresión descompuesta de su rostro. Esto no se puede hacer en un periódico. Ni en una radio. Por cierto, la respuesta de Aznar fue: “no, pero fui un poco hippy”.

En cualquier caso, el periodista es un intermediario entre alguien que dice unas cosas y muchos otros que van a leer esas cosas. Por el medio hay un trabajo que es el de un cuentista, el de alguien que coge las palabras del entrevistado para convertirlas en algo que se legible y comprensible para los lectores. Se hace ficción, en el sentido de lo que quiso decir Jacques Lacan –psicólogo discípulo de Freud- cuando dijo que “la realidad sólo es comprensible cuando tiene estructura de ficción”. La realidad tomada al por mayor, es tan densa que es incomprensible.

El periodista es el que consigue que cuando en casa leas el periódico entiendas que es lo que sucedió ayer en ocho horas de sesión en el Congreso de los Diputados. Está contándote un cuento, en el que si prefieres leer las actas del debate, que ha tomado literalmente una taquimecanógrafa, seguramente descubrirás que no entiendes nada.

La literalidad conduce a la incomprensión, mientras que la ficción genera comprensión. Una ficción sólo merece este nombre cuando transmite una verdad.

Todas las entrevistas, todo el periodismo, son ficciones que intentan acercarnos a la realidad para hacérnosla comprensible. Después de estar hablando durante una hora con algún personaje.

Amela pasa cinco o seis horas montando la entrevista que llegará a los lectores. Lo primero es contar aquello que parece más significativo para luego ir engarzando las otras cuestiones que han ido apareciendo durante la charla. Algo que no tienen la radio y la televisión, que sólo pueden ofrecer lo que sucede en el preciso instante en que tiene lugar la emisión. El punto de partida es siempre el mismo: el periodista que entrevista para un periódico es un enviado de los lectores al corazón de un entrevistado.

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