Somos nuestra cultura

Era otoño, 5 noviembre del año 1936. El primer bombardeo en Madrid ocurrió en agosto, la noche del 27 al 28. El mismo 30 se cerró preventivamente el Museo del Prado. El gran bombardeo sobre la capital es el 4 de noviembre, se recomienda a la gente que corra a los refugios. El 16 de noviembre se bombardea el Museo del Prado y la Biblioteca Nacional. El incendio del tejado del Prado no provoca graves consecuencias. Entre otras cosas, porque el 5 de noviembre, la Junta de Defensa del Tesoro Artístico Nacional se preocupó de custodiar, proteger y preparar las obras más destacadas para su traslado a Valencia, por orden de la Dirección General de Bellas Artes del gobierno de la República. De los miembros de la Junta destacan Antonio Buero Vallejo, José Maria Lacarra o Antonio Bisquert. La junta se había creado en julio tras el alzamiento. Y no entendía de bandos. La idea era la creación, promovida por la Asociación de Escritores Antifascistas, de un organismo que se encargase de proteger las obras de arte de los edificios incautados por los partidos y organizaciones de izquierdas, después de que su propia casa fuese requisada por los anarquistas. Como resultado de esas gestiones, encabezadas por María Teresa León y José Bergamín, se creo esa junta , ese grupo de artistas e intelectuales, que en mitad de una guerra civil logró poner a salvo más de 2000 obras de arte.

Primero fueron enviadas a Valencia y cuando la guerra avanzaba, pasaron a Catalunya (al Castillo de Peralada) y de ahí a Ginebra donde fueron custodiadas por el Comité Internacional para el Salvamento del Tesoro Artístico Español. En total, al acabar la guerra, se habían incautado y protegieron 7000 obras. Arte, patrimonio, cultura que fue devuelta a sus museos, en una España ya bajo el mando de la dictadura de Franco.

Ante un problema grave siempre surgen voces que insisten en hacer rankings de miserias con sus “lo que toca ahora” y “por qué preocuparse de… ahora que..”, seguro que preguntarían ¿por qué preocuparse de una obra de arte mientras morían personas? La respuesta la tenemos con luminosa claridad en palabras de la filósofa Maria Zambrano: “la cultura es el despertar del ser humano” (ella dijo hombre, pero estoy segura de que Zambrano sería una clara defensora del lenguaje no sexista, hoy en día). Y también lo dijo Unamuno cuando recordó que “la libertad que hay que dar al pueblo es la cultura.” Y lo digo, con menos brillantez, yo misma: somos nuestra cultura. Somos el arte que consumimos y asumimos. Los libros que leemos, las obras de teatro que vemos, las películas que nos hacen reír, llorar, emocionar. Somos esa escultura que no entendiste pero te gustó. Y somos los recuerdos del día que visitaste aquel edificio, aquel monumento. Somos el silencio que te inundó mirando el Guernica. Así como yo soy el escalofrío de mi espalda viendo la espalda de Gala mirando por la ventana en los ojos de Dalí, aquel día que sola descubrí Madrid y el Reina Sofía. La cultura no es solo un derecho es una necesidad.

Por eso, hombres y mujeres actuaron en su defensa en mitad de una guerra, sin importar si protegían las obras de una iglesia quemada por un grupo de anarquistas, las de una casa incautada por el ejercito de la República o las que iban a ser destruidas por los bombardeos fascistas o los ataques del bando sublevado. Sin importar más que defender el arte y el derecho de todos y todas las ciudadanas a la cultura y al patrimonio artístico de un país. Sin importar, casi, sus propias vidas.

Uno de mis más queridos escritores y ejemplo de mi profesión, Manuel Vazquez Montalbán, dio en el clavo al decir: “quienes crean cultura no son los ministros del ramo sino los de economía”. Montalbán sabía bien que la cultura sin financiación es un privilegio. Debe haber una voluntad política detrás para promoverla y hacerla accesible a cualquiera. Porque somos la cultura que tenemos y la cultura que tenemos nos da las oportunidades a ser.  Hoy en día, Montalbán podría añadir que además de los y las de economía, dependerá de Sanidad.

Si la cultura había empezado a remontar cabeza tras la crisis, la pandemia ha acabado con toda esperanza de recuperación. Perdidas económicas millonarias y miles de personas afectadas. En datos del CoNCA (Consell nacional de la Cultura i de les Arts de Catalunya) en el primer confinamiento 4.816 empresas se acogieron a un ERTE (43.927 trabajadores y trabajadoras). En julio se llego a las 5.888 empresas (52.997 personas). A nivel nacional el número de afiliaciones a la Seguridad social en el sector cultura ha descendido un 8.7% (3,6% en Catalunya). Se han cancelado, según datos de la Academia Catalana de Música, más de 4 mil conciertos con pérdidas de 40 millones, y el 70% de las personas que se dedica a la música no tiene ningún concierto programado de aquí a mediados de 2021. La debacle es igual o peor en museos y en cines.

Con los transportes llenos hasta los topes y las iglesias al 50% de su funcionamiento, con actos legales a la par que inaceptables moralmente como el que sucedió hace poco en Sagrada Familia… al mundo cultural se le ha hecho volver a bajar el telón durante varias semanas. La cultura es segura, nos decían pero se ve que con “la boca chica”. Ahora la Generalitat ha abierto una ayuda, que se puede solicitar hasta el 4 de diciembre, con un pago único de importe fijo: 750 euros. Esperemos que no se les colapse el tema como con la “lotería” para autónomos/as que protagonizaron hace poco. ¿Es suficiente? No. Porque la cultura no quiere parches, quiere, repito e insisto: voluntad política y no tenemos una Generalitat que esté por la labor. El sector cultural ya necesitaba acabar con los contratos precarios, mejorar la financiación deficitaria de por sí. Ya pedía acercar la cultura a la ciudadania y encontrar un apoyo en las administraciones para el fomento de políticas culturales a largo plazo. Ahora además lucha contra los efectos de la pandemia, los cierres, las cancelaciones, los límites de aforo, el miedo y la falta de ayuda.  Para tener cultura es necesario invertir en cultura.

A quién piense que ahora toca solucionar una pandemia y no podemos preocuparnos de la cultura les quiero recordar que ambas cosas son no solo compatibles sino esencialmente necesarias. Sin cultura, el ser humano no está capacitado para afrontar la vida, una pandemia tampoco.  Necesitamos fomentar, ahora también, al sector cultural. No solo por las personas y las familias que dependen de él, sino porque de la cultura depende el crecimiento del ser de cada uno y de cada una de nosotras, de nuestros niñas y niños. Y eso, nunca se puede dejar para después. Porque sí, valía la pena transportar Las Meninas bajo las bombas fascistas del 36. Y sí,  vale la pena no dejar de lado a la cultura bajo el miedo y la inseguridad de este triste 2020.


Irene Jezabel Sánchez

Periodista i escriptora
@unigluenmarte
@ijezabel
http://www.jezabel.es/

Cada Àtom és una petita reflexió política de Club Còrtum

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