O cambiamos el modelo urbanístico o nos quedamos sin playas

Las playas, además de ser el escenario de actividades lúdicas, tienen una función fundamental de protección y defensa del trasdós, del territorio situado donde se acaba la arena.

En situaciones meteorológicas extremas, como la vivida esta semana con “Gloria” (en 2003  hubo otra, con roturas en los diques en construcción de Port Fòrum y Port de Barcelona), suelen ser frecuentes los fenómenos de fuerte erosión en las playas, con el agua alcanzando paseos e inundando bajos de las casas más cercanas al mar. El litoral español tiene unos 2.000 km de playas bajas y la mayoría se encuentran en un equilibrio muy inestable o en franca regresión, debido fundamentalmente a tres causas: a) la construcción de embalses en ríos que se convierten en trampas de grandes volúmenes de sedimento que no llegan a la costa, b) la creciente urbanización del territorio que disminuye la aportación de sólidos a través de torrentes y rieras y c) la construcción de puertos que interrumpe el flujo sedimentario, con acumulación a barlovento y grandes pérdidas a sotavento de las corrientes.

Si introducimos la variable del cambio climático, en un escenario con incremento en el nivel del mar y la potenciación de borrascas extremas, además de la pérdida de playas se producirá insuficiencia en las estructuras de defensa de los puertos (los diques serán rebasados por las grandes olas, como ha sucedido esta semana), malfuncionamiento de los sistemas de saneamiento e inundaciones en las partes bajas de las ciudades.

Ante la pérdida paulatina de playas, hemos cometido un gran error colectivo: el desarrollo de un urbanismo equivocado.  La “primera línea de mar” es un elemento de calidad  que se ha ocupado históricamente (menos en época de piratas, que convenía retirarse tierra adentro) hasta el mismo borde del agua. No sólo esto: se han situado junto al agua vías de comunicación, paseos marítimos, ferrocarriles, aparcamientos…y también se han destruido zonas dunares que eran  reservas de arenas. Con ello se ha minimizado  la superficie de la playa y ha quedado comprimida entre el agua y la ocupación litoral. Cuando la dinámica marina retira parte de esta arena (y lo hace en función de la altura de la ola: cuanto mayor es el temporal, más se pierde) el sistema no tiene dónde encontrar más material de restitución ya que las fuentes “han sido secadas”.  

Evidentemente que el modelo de dinámica costera es más complejo  e intervienen otros factores (como la dirección del oleaje) pero con lo expuesto basta para entender que si los arenales litorales estuvieran libres, la situación en las playas sería completamente distinta a la actual. Y nos hemos empecinado en hacer las cosas mal. Por ejemplo, antiguos  terrenos industriales que ocupaban el frente litoral han sido urbanizados en lugar de destinarlos a la defensa de la costa y se han situado bonitos paseos marítimos a tocar del agua.

Hay que cambiar el paradigma de actuación en la costa y las edificaciones deben retirarse, voluntariamente o por imposición si se cumplen algunas previsiones acerca del cambio climático. Se requiere otro tipo de urbanismo, de liberación en lugar de ocupación. ¿Qué es imposible?. También en los años sesenta del siglo pasado parecía imposible la liberación de interiores de manzana del Eixample de Barcelona (ocupados por talleres, garajes, industrias, etc) y a fecha de hoy ya se han recuperado 50.

Otro urbanismo es posible y para que lo sea, primero hay que creer en él.

Ferran Vallespinós Riera

Dr. en Ciències biològiques, Investigador Científic del CSIC

Alcalde de Tiana (1995-2007)

Cada Àtom és una petita reflexió política de Club Còrtum

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