La función ecológica de la agricultura

Los agricultores reclaman estos días precios justos para sus productos. Sin duda parece lógico que perciban unas retribuciones suficientes por su trabajo y no se vean obligados a vender por debajo de los costes de producción. Desde una perspectiva de izquierdas y de la función social de la economía, no hay discusión posible: las naranjas y las aceitunas, por poner sólo dos ejemplos,  han de tener un precio que permita al agricultor vivir dignamente.

Pero ¿la función de los agricultores es sólo producir naranjas y aceitunas?. No, esta  sólo es la parte remunerada (y mal remunerada) de su trabajo. Además de naranjas y aceitunas, cuidan del paisaje y de su ordenación; evitan que la vegetación salvaje lo invada todo con la consiguiente pérdida de diversidad paisajística; mantienen el cultivo de variedades locales, con oposición tenaz a la globalización por los transgénicos; están en el campo y detectan incendios forestales a la vez  que sus explotaciones pueden actuar como cortafuegos; viven en pueblos y conservan con dificultades ingentes cantidades de patrimonio histórico y cultural; mantienen la red de caminos rurales; reciclan parte de los excesos de materia orgánica del sistema global (compost por ejemplo); producen biomasa, una energía sostenible; regulan el ciclo del agua. Sin olvidar tampoco la contribución de algunas modalidades ganadería extensiva al mantenimiento del sotobosque

En definitiva, agricultores y ganaderos con su presencia evitan que la España vaciada termine por vaciarse del todo y participan positivamente a la conservación de los valores naturales. Entre todos estamos cometiendo una grave injusticia con ellos: únicamente se les paga parte de su trabajo y encima, se les paga mal. No sólo son productores de alimentos sino que contribuyen de un modo decisivo a la sostenibilidad del territorio.

Si profundizamos en la reflexión, nos damos cuenta que la parte remunerada de la agricultura (la producción de alimentos) es fácilmente reemplazable desde la lógica capitalista de maximizar los beneficios: se pueden comprar los mismos alimentos (aunque seguramente de peor calidad) en otros países con costes de producción sensiblemente más bajos. En cambio, la parte de su trabajo que nos regalan (la conservación del territorio) es totalmente insustituible: los agricultores de Marruecos o Sudamérica jamás aportarán nada al mantenimiento de nuestros paisajes y ecosistemas.

Hay que abordar con decisión y valentía el debate que está planteado, más allá del peso electoral del sector primario. Y hacerlo con imaginación ya que difícilmente vamos a conseguir torcer la fuerza negociadora de las grandes cadenas cuando más de un 60% de los productos del campo se comercializan a través de grandes superficies. Pienso, humildemente, que valdría la pena explorar para el campo conceptos como “salario mínimo” o “renta mínima garantizada” para una función que no sólo es la de producir alimentos.

Agricultura, ganadería y ecología: tres conceptos inseparables.

Ferran Vallespinós Riera

Dr. en Ciències biològiques, Investigador Científic del CSIC

Alcalde de Tiana (1995-2007)

Cada Àtom és una petita reflexió política de Club Còrtum

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