La Arandina como síntoma

Que 500 digámosles personas se hayan manifestado para protestar contra la sentencia  que condena a tres futbolistas por forzar sexualmente a una niña de 15 años es un síntoma preocupante. Lo que nos dice esta protesta es que hay hombres y mujeres que creen firmemente que la ley no debe de ser igual para todos. Que ocupar una posición de mínima notoriedad confiere una serie de privilegios como, por ejemplo, impunidad a la hora de cometer violaciones grupales contra adolescentes a quienes, inmediatamente, se acusará poco menos que de pervertidas.

Es el signo de nuestros tiempos. Es el mismo razonamiento de quienes en Cataluña defienden que presidir una entidad cultural habilita para obstaculizar un registro. De aquellos que mantienen, a pesar de no figurar escrito en ninguna parte, que un presidente autonómico está eximido del cumplimiento de la ley porqué sólo el Parlamento puede censurarlo. También el de quienes creen que desde el gobierno se pueden dictar normas a medida para después saltárselas porqué les limitan.

En el fondo aparece el discurso roñoso, totalitario  y carpetovetónico del “usted no sabe con quién está hablando”. Aquello del “aún hay clases”. Y sí. Es de clases de lo que va todo esto. La clase de aquellos que se creen por encima de los demás; la clase de quienes les apoyan porqué consideran que así, los que se creen por encima de los demás, tendrán una mínima consideración con ellos. Y finalmente los demás propiamente dichos.

Los demás son quienes trabajan en un restaurante o una tienda por una salario irrisorio –lo suyo sería decir de mierda- y deben soportar que un energúmeno les insulte y les persiga por las redes sociales hasta lograr su despido por no saber hablar todavía en la lengua de su acosador. Éste suele ser el mismo tipo de héroe patrio a quién no le importa que Messi o Suárez no hablen una palabra de catalán. Al fin y al cabo, estos dos ganan una pasta y, en la escala de valores neomedieval que algunos parecen empeñados en seguir, tener dinero significa ser superior y haberse ganado el privilegio de hablar en español sin ser cuestionados.

El caso de los jugadores de la Arandina, defendidos y convertidos en víctimas por Vox, nos demuestra también que no hay tanta diferencia entre el independentismo catalán de Torra, Borrás o Puigdemont y la extrema derecha española de Abascal, Monasterio u Ortega Smith. De hecho, si aparcamos las banderas, ninguna. Es el mundo del ¿qué hay de lo mío?

¿Mi apuesta? En unos años, cuando la inmigración aumente en España para poder mantener la economía, el discurso de una buena parte del independentismo, especialmente el que representa Junts per Catalunya, o como se llame cuando lean estas líneas aquello que un día fue Convergencia, dirigirá su odio, hoy hispanófobo, hacia los inmigrantes. Buscará seguir el mismo camino que la Liga Norte en Italia. Al fin y al cabo, personajes como Heribert Barrera ya les mostraron la ruta a seguir hace muchos años, al afirmar que nadie le convencería que una Rambla multicultural fuera mejor que una Rambla donde sólo paseasen blancos mediterráneos.

La lucha sigue siendo de clases. Sigue siendo entre quienes creen que los derechos son de todos y los que creen que pertenecen a unos pocos. Entre quienes creen en la igualdad y la diversidad y quienes niegan al otro. Entre ricos y unos pobres a quienes se quiere dividir con banderas. La vieja proclama de Bakunin,”¡Ni guerra entre pueblos, ni paz entre clases!” está hoy más viva que nunca.

Santiago Moreno

@Santiag12009181

Periodista

Cada Àtom és una petita reflexió política de Club Còrtum

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Una resposta a «La Arandina como síntoma»

  1. Es una descripció molt contundent pero, sota el meu punt de vista, que s’aproxima a la realitat i al futur.

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