Fake news: no se engaña a los sentidos, se engaña al cerebro

Hace unos días Tomás Delclós publicó un artículo en El País donde explicaba el creciente interés de los neurocientíficos por la magia. Las rutinas de los ilusionistas permiten comprender mejor los procesos cognitivos, algo que es sabido, y aplicado, desde hace tiempo por los especialistas de neuromárketing; una ciencia que nos explica cosas tan interesantes como, por ejemplo, que en lo profundo de nuestro cerebro se ha tomado una decisión instantes antes de que seamos conscientes de ello.

Hace ya algún tiempo escribí, junto con Enric Llorens, un libro titulado “Con ases en la manga” y en él tratábamos de explicar, precisamente cómo la comunicación política utiliza técnicas del ilusionismo para ganar en eficacia. El ejemplo más evidente es la “missdirection”, consistente en desviar la atención del público en un determinado tema alejado del lugar donde realmente tiene lugar la acción o de cuestiones que si llegaran a ser el centro del debate social, podrían llegar a ser problemáticas para el emisor del mensaje.

Una de las formas de lograr que la atención se centre en el lugar que nos interesa es el “relato”, es decir, explicar las cosas de la forma que más se adecue a unos determinados intereses, poniendo énfasis en aquello que resulta más conveniente y obviando o relativizando aquello que no lo es tanto. De esta manera se logra el súmmum de la persuasión, consistente en que el público llegue a unas determinadas conclusiones por si mismo. Aquí radican tanto el origen como la fuerza de las fake news.

No es necesario mentir. Basta con poner una serie de informaciones reales en un orden determinado de manera que formen una historia coherente, por delirante que pueda parecer.

Hace unos pocos días apareció en Twitter un hilo del usuario @DaniNovarama, en el que después de otorgarse una cierta autoridad y conocimiento sobre China, insinuaba que la extensión del coronavirus era una maniobra del gobierno de Pequín para reducir su exceso de población. Lo logró explicando el fracaso de la política del hijo único para frenar el crecimiento demográfico, las características climáticas de Wuhan –donde apareció el virus- como elemento favorecedor para su desarrollo y extensión, la existencia en esa misma ciudad del mayor laboratorio chino de desarrollo de armas biológicas –dirigido por el científico que identificó el virus que provoca el SARS-, todo ello aliñado con alguna dosis de intriga, como la extraña muerte de un miembro de la OMS, Carlo Urbani, a quien se atribuye el conocimiento de la conspiración y un intento de detenerla.

El autor de este hilo finalizaba explicado que todo era mentira y que lo había redactado tan solo para demostrar lo fácil que resulta engañar a la gente, cada vez más desconfiada respecto los canales oficiales de información. Y tenía razón.

A pesar de su aviso, en los días siguientes diversos usuarios de Twitter, en su mayoría especialmente dotados para la conspiroparanoia, lanzaron diversos mensajes asegurando que el coronavirus es una maniobra del gobierno de China para acabar con su propia población. Habían decidido creer en algo que ayudaba a construir su visión del mundo y para refutarlo ya no es suficiente con un desmentido o una advertencia de la falsedad, es necesario construir otra historia, con los mismos elementos, que desarticule su cosmovisión.

Jaume Moreno
Periodista
@emetent

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