Entre las predicciones científicas y el catastrofismo

¿Se equivocan los científicos en sus predicciones?. Mucho; la historia de la ciencia está plagada de grandes errores. Voy a poner algunos ejemplos. El gran Aristóteles sostuvo que una Tierra esférica estaba en el centro del Universo; llevarle la contraria estuvo a punto de costarle la vida a Galileo (al que la Iglesia rehabilitó “sólo” 359 años después). Kelvin, el inventor de una escala térmica, aseguró que  jamás ninguna máquina más pesada que el aire sería capaz de volar. Linné y Cuvier, dos grandísimos naturalistas, mantuvieron que  las especies se habían creado de forma separada e independiente y negaron la posibilidad del origen común de los seres vivos y con ello, de la evolución. Alfred Velpeau, un cirujano y anatomista francés, señaló que la cirugía sin dolor era una fantasía ya que el uso del bisturí y el dolor son inseparables. Lardner, un científico irlandés, declaró a mediados del siglo XIX que era inviable el uso de trenes que viajarán a más de 120 kilómetros por hora, ya que a esa velocidad los pasajeros no podrían respirar. Para Thomas Alva Edison, la llamada corriente alterna era una pérdida de tiempo, ya que nunca se iba a utilizar (hoy casi todo funciona con corriente alterna).

La colección de desaciertos es interminable. Pero no sólo científicos. También papas, a los que se supone inspirados por Dios: Silvestre II vaticinó que la Tierra iba a durar tan sólo 1000 años desde el nacimiento de Cristo.  También astrónomos: Johannes Stöeffler  anunció a bombo y platillo el Fin del Mundo en 1524 debido a un diluvio universal (y fue un año de una terrible sequía). Y economistas: en 2005 Greenspan se mostró conforme con la salud de la economía y dijo que el creciente uso de complejos instrumentos de inversión como los “derivados” había contribuido a volver más resistentes las instituciones financieras; lo que vino después todos lo hemos padecido. Por no hablar de sociólogos: las previsiones de Tezanos para las últimas elecciones…. O las primeras predicciones del Club de Roma en 1972 sobre los límites del crecimiento, que posteriormente se han matizado y adaptado a la realidad.

Es evidente que los aciertos predictivos en ciencia superan con mucho a los errores: por ejemplo, los huecos iniciales en la tabla periódica de Mendeleiev se han rellenado con nuevos elementos, según sus previsiones.

Pero lo que quiero analizar en este artículo es el hecho de que las predicciones erróneas generan miedos sobre cosas que no van a suceder. A la vez, cuando los ciudadanos comprueban que determinadas exageraciones no se cumplen, están tentados a pensar que nada es cierto.

Estos días de COP25 nos han bombardeado con escenarios catastróficos (de pérdidas de tierras, ascenso del nivel del mar, sequías, etc) que en absoluto se corresponden con las hipótesis que contemplan los informes del IPCC o de la Universidad de Cantabria para la costa española. Y, en ningún caso, en los horizontes temporales planteados en informaciones periodísticas.

Generar miedos infundados puede ser útil para provocar determinadas reacciones pero a la vez puede estropear el mensaje. Imaginaros que invento una nueva religión basada en que en el año 2048 se acaba el mundo por un cataclismo sin precedentes, y consigo que gran parte de la población  (con ayuda de avispados medios de comunicación, que vean un negocio) comulgue con mi idea. Podré tener credibilidad hasta las doce de la noche (en mi huso horario) del día 31 de diciembre de 2048 (en el supuesto que los cataclismos funcionen con el calendario gregoriano; si lo hacen según el musulmán, dispondré de bastantes siglos más). Pasado este momento, si el mundo no se ha acabado, perderé todo valor como profeta (que me quiten lo bailado) y además la humanidad podrá pensar que no tiene final. Recordad que algo parecido le pasó a Paco Rabanne o a la crisis de los ordenadores con la llegada del año 2000. Luego nada sucedió y aquí estamos acabando 2019, entre elecciones y repetición de elecciones. Ya nadie habla del fin del mundo en 2000, pero repasando hemerotecas el tema fue ampliamente tratado en su momento.

Hay que desmitificar la fe ciega en las predicciones, incluso  las científicas. Sobre todo, las que se realizan a largo plazo debido a las poderosas incertidumbres del modelo. En el tema del cambio climático, curiosamente tanto las predicciones (“A final del Siglo XXI el mar habrá subido….”) como las soluciones (“El el año 2050 se conseguirá la descarbonatación total de la economía…”) son siempre a largo plazo. ¿Por qué?. Maliciosamente puede pensarse que ninguno de los que asistimos  su formulación, acongojados o esperanzados, estaremos en condiciones de certificar el acierto y exigir responsabilidades en caso de error. ¿Por qué no planteamos escenarios y soluciones a corto plazo, a un horizonte temporal compatible incluso con los ciclos políticos?. A los responsables políticos, que difícilmente superan la década al frente de gobiernos, ¿les puede realmente preocupar lo que suceda veinte o treinta años después de haber dejado el cargo?.Tengo más preguntas que respuestas, cierto, pero me ha gustado compartirlas con vosotros. En todo caso, el catastrofismo oportunista no conduce a nada, incluso puede ser contraproducente con el mensaje que se pretende dar. En esto no pregunto: afirmo rotundamente.

Ferran Vallespinós Riera

Dr. en Ciències biològiques, Investigador Científic del CSIC

Alcalde de Tiana (1995-2007)

Cada Àtom és una petita reflexió política de Club Còrtum

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