“Crecí como una hierba abandonada, ignorante de la libertad, sin experiencia” Harriet Tubman

Nacer en la Norteamérica del siglo XIX, siendo mujer y esclava, condicionaba totalmente la vida.  La esclavitud era aceptada como algo de orden natural en muchos territorios, además era la base de un sistema económico bastante rentable.  El comercio de esclavos era algo natural, como su compra y venta.  Eran seres sin derechos, su familia no era su familia, su dueño era propietario de su trabajo, su cuerpo y sus vidas, pero no era propietario de sus espíritus ni de sus ansias de igual.

En estas condiciones nace Harriet Tubman, a la que pondrán el apodo de Moisés. Moisés, el salvador, pero no con una cesta en un río, sino en lo que llamaban el ferrocarril subterráneo.

Harriet no nace con ese nombre, se llamaba Araminta Ross (1820-1913), y fue la heroína de la libertad de los esclavos y, al final de su vida, una destacada sufragista.

Su historia es larga y confusa, hay períodos de la misma que no se tienen claros, ya porque ella no explicó las rutas de escape que utilizaban, ya porque el personaje se convierte en mito, y, al mito, se le añaden pasajes que no corresponden.

Nació en el condado de Dorchester, estado de Maryland, y sus padres fueron Benjamín Ross y Harriet Green, los dos eran esclavos, y fueron una gran familia de once hijos.  Su familia provenía de África, en donde sus antepasados fueron capturados en el siglo XVIII, y su “amo” era Edward Brodas, que le impuso el nombre de Araminta (nombre que ella rechazaba, de ahí su cambio, ella deseaba llamarse como su madre).

Nunca recibió ningún tipo de educación, y comenzó a trabajar a los cinco años cuidando el menor de sus hermanos, pero con sólo seis años trabajó para la Miss Susan vigilando un bebé, teniendo cuidado de su sueño y de que no llorara, si se despertaba y lloraba era azotada.  Miss Susan no dudaba en proporcionarle grandes palizas que dejaron huellas en su cuerpo y espíritu.  Cualquier motivo era bueno para pegarle, como el robo de un terrón de azúcar.

Pero Harriet ya demostraba un gran carácter que no se doblegaba fácilmente, y ante los abusos se sublevaba.

Tuvo siempre trabajos muy duros como vigilar trampas contra ratones en los pantanos en la hacienda de James Cook, que la hizo enfermar y volver con su madre.

Pero el hecho que la marcó de por vida fue un accidente, cuando estando trabajando en un almacén, el capataz de otra hacienda se enfrentó a un esclavo que intentaba huir, para evitarlo le lanzó una pesa de un kilo, que impactó en la cabeza de Harriet.  En un estado terrible, sangrando, regresó a la hacienda, quedando dos días sentada semiinconsciente, no recibiendo ningún tipo de ayuda médica.  A los dos días la enviaron a trabajar de nuevo, y, al considerar que no valía, la devolvieron, e intentó venderla sin conseguirlo.

Harriet comenzó a sufrir desmayos y mareos, y también comenzó a tener visiones y sueños, que consideraba eran signos de Dios.

Su profunda religiosidad era el eje fundamental en su vida, a pesar de ser analfabeta era conocedora de la Biblia, a su manera, por las historias que su madre le contaba, pero no aceptaba que la Biblia apoyara la esclavitud impuesta por los blancos, y así su guía fue más el Antiguo Testamento.

La vida era compleja, se casa a los 24 años con un negro libre, John Tubman, y es en ese momento cuando cambia su nombre por Harriet Tubman.  El problema de este matrimonio es que los hijos que tuvieran, y fueron dos chicas, nacerían esclavas.  Este es un hecho que ella no acepta.  Años más tarde afirmará: “he oído leerse ‘La cabaña del tío Tom’, y les digo que la pluma de la Sra. Stowe ni ha llegado a pintar la esclavitud como la he visto en el extremo Sur. He visto lo real, y no quiero verlo en ningún escenario ni en ningún teatro”.

Al caer nuevamente enferma su valor disminuye, y deciden venderla, será esta la gota que colmará su vaso, tomando una serie decisión: escapar.  Ella lo tiene muy claro: “había razonado en mi mente, que había una de las dos cosas a las que tenía derecho, libertad o muerte; si no podía tener una, tendría el otra”. Es el año 1849, y comenzará su huida, conjuntamente con sus hermanos Ben y Harry, pero éstos decidieron volver ya que les pesaba el abandono de sus familias (Ben acababa de ser padre).  Este regreso solamente despierta en ella una mayor ansia de huir, al poco tiempo vuelve hacerlo, pero sola, y, a pesar de las recompensas y de la peligrosidad del viaje, no duda en intentarlo de nuevo. La ruta que utilizó para su huida no se conoce exactamente, ya que ella nunca la explicó, pero si que se conoce que utilizó la red que era conocida como el ferrocarril subterráneo (“Underground Rail”).

El tren o ferrocarril subterráneo era una red clandestina en Estados Unidos y Canadá para ayudar a los esclavos afroamericanos a escapar.  En realidad, no era en sí una red subterránea, sino que hace referencia al uso que hacían sus miembros de palabras y términos ferroviarios para referirse a sus actividades.

Sus colaboradores eran básicamente miembros de los movimientos abolicionistas. Esta actividad era sumamente peligrosa, porque el castigo por ayudar a huir esclavos era la muerte. Por ello, y para resguardarse, no utilizaban sus nombres reales, sino pseudónimos.  La comunidad cuáquera era de gran importancia con casas de apoyo en la huida.

Evidentemente, los esclavistas ofrecían recompensas por la captura, vivo o muerto, de los esclavos, y en esa lista estaba Harriet.

Harriet contó con esta red de ayuda en la segunda y definitiva escapada, finalmente llegó a Pensilvania tras un viaje de 145 kilómetros. Volvió en varias ocasiones para liberar a su familia y a otros esclavos.

Cuando llegó a la línea d Mason-Dixon, que dividía a los Estados de Virginia y Pennsylvania, es decir, la frontera entre el sur esclavista y el norte abolicionista, dijo: “Cuando supe que había atravesado la frontera, miré mis manos para comprobar si seguía siendo la misma persona. El sol con sus rayos dorados atravesaba los bosques y caían sobre los campos y yo sentí que estaba en el cielo”.

En Filadelfia se puso a trabajar con el objetivo de liberar a su familia, es en ese momento en el Congreso cuando se aprueba la Ley de los Esclavos Fugitivos, donde se les obliga a los capturados a ser devueltos a sus dueños.  Mientras tanto ha establecido contacto con William Still, uno de los dirigentes del Ferrocarril Subterráneo.

En cierto medio la llegada a la libertad era alegre, pero nadie la esperaba, tal y como ella lo expresa: “había cruzado la línea. Era libre; pero no había nadie para darme la bienvenida a la tierra de la libertad. Era una extraña en una tierra extraña”

Hará diversos viajes a Maryland para rescatar a los suyos, primero a su sobrina Kessiak y la familia de ésta; posteriormente, a uno de sus hermanos, Moisés, con otros dos esclavos; y así sucesivos viajes en los que libera a miembros de su familia y a otros esclavos.

¿Cómo se realizaban estos viajes? A lo largo del recorrido del conocido como Ferrocarril Subterráneo había lo que se llamaban casas seguras, generalmente regentadas por hombres blancos abolicionistas, y que daban cobijo de día a los huidos para así poder caminar de noche.

Harriet estuvo realizando continuos viajes para obtener la libertad de los negros durante un periodo de once años. Se calcula ella logró liberar alrededor de trescientos esclavos. Habitualmente los realizaba en invierno porque al ser las noches más largas y oscuras, se facilitaba la huida. También solía llevar una pistola para defenderse de los cazadores y de sus perros, pero no llegó a tener que usarla. Utilizaba distintos disfraces para así poder pasar desapercibida.

En 1859 se compra unos terrenos en la ciudad de Auburn, y se instala allí con sus padres. Su último viaje lo realiza al año siguiente 1860, intenta traer a su hermana Rachel y sus hijos, pero se encuentra que ya han fallecido. Sus viajes de liberación han terminado, pero han sido fructíferos: “Liberé a mil esclavos. Podría haber liberado a mil más si tan solo supieran que eran esclavos”

Al estallar al Guerra de Secesión en 1861 Harriet piensa que esta es la oportunidad para conseguir la abolición de la esclavitud si gana el Norte, y por ese motivo lo apoya firmemente.  Se implica en el conflicto ayudando al general David Hunter a reclutar soldados negros, que eran en realidad esclavos huidos, y así formando un regimiento de negros.  Pero el presidente Lincoln desaprueba la acción de Hunter, y Harriet se enfrenta a él expresándole su falta de voluntad para acabar con la esclavitud: “Dios no permitirá que el señor Lincoln venza al sur hasta que no haga lo correcto”.

Ella verbaliza su queja públicamente: “el señor Lincoln es un gran hombre, y yo soy una pobre negra; pero el negro puede decirle a Lincoln cómo ahorrar dinero y vidas jóvenes. Él puede hacerlo liberando a los negros. Supongamos que una asquerosa serpiente está en el suelo. Ella te muerde. Tu gente asustada te envía al médico para que te cure la herida y no mueras; pero la serpiente continúa rodeándote tu pierna y mientras el doctor te está curando ella te vuelve a morder. El doctor te cura esa mordedura, pero mientras lo hace la serpiente vuelve a morderte y seguirá haciéndolo hasta que la mates. Eso es lo que debería saber el señor Lincoln”

A pesar de esta decepción no abandona su apoyo, trabaja como enfermera, ayudando a los soldados.

El año 1863 Lincoln emite la Proclamación de Emancipación, y Harriet renueva su entusiasmo al pensar que es el primer paso para acabar con la esclavitud.

¿Qué fue de Harriet cuando terminó la guerra, obtuvo un reconocimiento por su ayuda?  Ciertamente, las sociedades son injustas, y Harriet nunca obtuvo un salario, ni ayuda económica, a pesar de sus esfuerzos y su entrega.  Volvió a su vida sencilla y pobre, con su familia, con su entorno.

Pero tampoco habían cambiado muchas cosas, que en un documento diga que eres libre e igual al otro no significa que realmente lo seas hasta que no te lo reconozca el resto.  Harriet comprobó nuevamente en carne propia que los blancos no cambiaban con o sin documento, de hecho, en un tren que la llevaba a Nueva York el revisor la ordenó cambiar de vagón al de fumadores, como era de esperar se negó, y puso de relieve los servicios que había prestado al país, pero como respuesta solamente consiguió insultos y ser agredida físicamente; Harriet, como era natural en ella, se resistió y protestó ante los agravios.  Ella, que se había jugado la vida tantas veces; ella, que había sido vendida y comprada; ella, que había comenzado a trabajar a los cinco años y había sido azotada por tomar un terrón de azúcar; ella no se rendía y no se apeaba de sus convicciones.  Pero al resto de los pasajeros todo lo anterior no les interesaba, solamente veían una negra insolente que se atrevía a alzar la voz a un blanco.  Por lo tanto, el revisor conjuntamente con otros pasajeros la golpean, le rompen un brazo y la expulsan al vagón de fumadores, pidiendo fuera echada del tren.  Su lucha no era ni pagada económicamente ni reconocida.

Regresó a su ciudad, y allí sus amigos recaudaron fondos para ayudar.  El año 1868 se volvió casar (su anterior marido no quiso seguirla y hacía tiempo que había rehecho su vida, y había fallecido), esta vez con Nelson David, y adoptando una niña, Gentie.

Pero Harriet es una mujer que defiende a los débiles y a los explotados, es la mujer de las causas, y eso ha hace embarcarse, en los últimos años de su vida, en la lucha feminista.  Como mujer y negra había vivido una doble discriminación, que día a día ella podía notar en su entorno. Comenzó su colaboración con Susan B Anthony y un grupo de feministas.  Esta nueva etapa la llevó a dar conferencia en diferentes ciudades de Estados Unidos para hablar a favor del voto femenino.  Su experiencia en la guerra le permitía hablar de la implicación directa de las mujeres en la misma, del papel relevante que habían tenido en silencio y sin reclamar nada.

Llegaba el reconocimiento, un poco tarde, pero llegaba, y al fundarse el año 1886 la Federación Nacional de Mujeres Afroamericanas siendo invitada a dar el discurso de apertura.

Obtuvo el reconocimiento de la opinión pública pero el gobierno no le otorgó una pensión y siguió viviendo en la pobreza.

En sus últimos años tuvo fuertes dolores por el golpe que había recibido en su juventud; la operaron sin anestesia, en 1899, calmó el dolor mordiendo una bala, tal y como había visto en la guerra.

Falleció el 10 de marzo de 1913 de neumonía en el Hogar de Ancianos Negros fundado por ella misma en la localidad neoyorquina de Auburn.

Harriet fue una mujer enormemente generosa en sus actos, arriesgando su vida por los otros, siempre defendiendo al débil; una mujer que no se rindió ni bajó la cabeza, a pesar de haber nacido mujer, negra y esclava.

Su entierro fue especial, teniendo honores militares, tal vez demasiado tarde llegaba todo. A partir de ese momento comenzaron los reconocimientos y honores, cuando ya no le podían servir a ella para nada: una placa, un museo en su casa, libros; y hasta tener el honor de pensar en ella para ser la primera mujer en un billete de 20 dólares, decisión que se tomó el año 2016, no obstante, este reconocimiento quedó suspendido y aplazado ya que pensaron hacer una serie de billetes que tuvieran rostros de mujeres del país.

Harriet, la mujer que no se doblegó en ningún momento y que siempre extendió la mano en sus dos causas fundamentales: abolición de la esclavitud y el voto de las mujeres.  Ella mejor que nadie sabía lo que significaban ambas luchas, y la dificultad de las mismas.

“Cada gran sueño comienza con un soñador. Recuerde siempre, usted tiene en su interior la fuerza, la paciencia y la pasión para alcanzar las estrellas para cambiar el mundo”

https://www.tubmanmuseum.com/

http://www.harriettubmanbiography.com/

https://bit.ly/2G2nsvA

Marisa Escuer

Profesora de la UOC y Docente de Secundaria
@marisaescuer 

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