Aquí y ahora

Llevamos unas semanas confinados y los motivos objetivos – una pandemia – pueden no ser suficientes para algunas personas, mientras que para otras están más que justificados. Qué tiene que ver nuestra percepción subjetiva en esas diferencias?

Las calles están vacías y las casas llenas, pero no tenemos ni idea de lo que está ocurriendo dentro de ellas. Nos vemos en la cita diaria de las 20h para confirmarnos a nosotros mismos que seguimos ahí, sin síntomas y apoyando a los profesionales que se han convertido en el ejército que lucha contra esta guerra.  Pero… cómo lo llevamos en realidad?

Si para unas personas es una oportunidad para reconectarse con sus parejas e hijos, para otros es un infierno de convivencia. Si algunos piensan que las autoridades velan por nosotros y eso les tranquiliza, otros creen que estamos sometidos a unos dirigentes ineptos y se sienten inseguros, obligados a obedecer a alguien a quien no respetan. Si la mayoría consigue quedarse en casa, evitando que la pandemia se extienda, otros se creen inmunes y piensan que no será para tanto.

La homogeneidad de la respuesta social nos hace perder de vista la variabilidad de las subjetividades individuales, pero una cosa es cierta: estamos inmersos en la necesidad de vivir en el “aqui y el ahora”. La condición de “paralizados” a la fuerza nos lleva a todos a tocar suelo y experimentar de forma vívida e intensa lo que es nuestra vida personal de la forma más concentrada y realista de lo que habíamos necesitado hacer nunca.  Encontrarnos continuamente en los espacios comunes, compartir horas y actividades, ser capaces o no de mantener conversaciones con nuestros hijos e hijas, con nuestras parejas.

Para Perls, el fundador de la Terapia Gestalt, hacer que las personas vivan, experimenten el “aqui y ahora” es una forma de conectar, sin escapatoria, con nuestro yo interior, con nuestra realidad emocional, sin distracciones, subterfugios ni tergiversaciones posibles. Es una estrategia curativa, cuando la ansiedad o la depresión aparecen como síntoma a causa de la no aceptación de nuestras propias contradicciones, de las emociones negadas.  Dos de las consecuencias positivas de esta conexión son la responsabilidad personal y la integración de las normas sociales y morales adaptadas a nuestra personalidad específica.

La angustia siempre es el resultado del alejarse del ahora.

Así, sin jefes en los que proyectar nuestra frustración, sin profesores en los que delegar responsabilidades respecto a los hijos, sin amigos y amigas con los que hablar sobre nuestras parejas, sin la devoción hacia el ejercicio físico que consigue agotar nuestra ira interna, sin pensamientos sofisticados compartidos con grupos casi desconocidos…. Sin toda la artificialidad de la que nos dotamos para escapar cada día, realmente, cómo estamos?  Cómo nos sentimos aquí (en un espacio limitado compartido) y ahora (en un momento de incertidumbre, sobre el que no tenemos el mínimo control)?

Aventuro que dependerá de cómo llegamos a la situación de confinamiento: con mayor o menor percepción de las propias habilidades y debilidades emocionales, con una base de confianza mayor o menor en nuestra capacidad de empatía y adaptación; con un núcleo personal más o menos trabajado y conocido, para comprender los propios sentimientos, para modular la propia conducta.

Marc Sommer publicó un estudio, en 2012 (*), en el que dejaba clara la potencia de la “metacognición” ante la necesidad de enfrentarse a los cambios, adaptarse a ellos sin perder los rasgos esenciales de la personalidad y ser, en definitiva, más adaptativo.  Esa “metacognición” implica que la persona entienda cómo piensa y cuáles son sus estados emocionales, qué los originan y cómo manejarlos. Es consciente de sus necesidades y organiza su conducta, respecto a sí mismo y los demás, para ser capaz de adaptarse a nuevas condiciones y, además, estar abierto para llegar a aprender de sí mismo aspectos que desconocía hasta entonces.  En definitiva, Sommer señala esta capacidad como esencial para mantener una buena salud mental, y la basa en poder comprender los cambios externos, no negarse absurdamente a ellos y ser capaz de desarrollar nuevas habilidades en ese contexto.

En lenguaje más llano, podría decirse que: si no puedes cambiar algo, adáptate lo mejor posible y obtén algún beneficio.  Y nosotros, cómo lo estamos haciendo? Por lo que parece, bastante bien. La OMS ha felicitado a la población española por la disciplina social, por haber mantenido las medidas de seguridad y confinamiento de forma adecuada, por haber seguido creando memes graciosos y chistes ocurrentes, por la solidaridad espontánea que no requiere de declaraciones de alerta para emerger entre los vecinos y vecinas, entre los jóvenes hacia sus mayores, por los profes que se las ingenian para seguir enseñando, y por haber respondido con responsabilidad pero también cierta alegría a una situación que nos hace comportar de forma tan distinta a la que estamos acostumbrados. Por haber aceptado, la mayoría, que el aquí y ahora nos pide que seamos grandes.

(*) Marc Sommer, 2012

https://www.cell.com/neuron/fulltext/S0896-6273(12)00524-7?_returnURL=https%3A%2F%2Flinkinghub.elsevier.com%2Fretrieve%2Fpii%2FS0896627312005247%3Fshowall%3Dtrue

Isabel Sierra

@IsabelSierraNav

Federalista

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Una resposta a «Aquí y ahora»

  1. Excelente “Àtom” Isabel,
    no solo me ha gustado por su claridad (poco frecuente en estos días), me ha parecido de gran utilidad para todas las “tipologías” humanas que inevitablemente están afectadas por el coronavirus.
    Hoy mas que nunca, “el aquí y ahora” Gestáltico ilumina y ayuda, eso sí a quien quiera ser iluminado y ayudado.
    Cordiales, Temi

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